Rutas en Jaén (I). De cómo tratar el mal de amores.
Primero deb
ería definir qué es el mal de amores para mi, porque no se trata de que te hayan aparcado como una colilla, ni que hagas otro tanto. Más bien hablamos de algo más suave, llevadero. Que sí: jodido, pero contento al final. Porque no es más que un mal pasajero, tratable, etc. No está en peligro el amor, sólo es un desencuentro al que mostrar la salida.
Por eso tiro al monte que es signo de despecho, de arrojo, de reto, al tiempo que significa necesariamente un salir para volver. Estás airado, las circunstancias mandan pero al final, quien debe mandar es uno mismo. Un primer paso: el monte en todas las culturas es sinónimo de soledad y trascendencia al tiempo. Lugar donde despotricar libre y encontrarse, que no es otra cosa la trascendencia.
Cambil. Se lo recomiendo a ustedes. Es el corazón de Sierra Mágina, por lo menos uno de los corazones que este terreno formidable contiene, de qué podría su sangre moverse por semejante vastedad si no tuviera más máquinas que la impulsaran. Pues Cambil. Es una belleza recoleta, atravesada de punta a punta por un arroyo bien encauzado y envuelta por decenas de agujas montañosas que dan la medida de lo que realmente es el ser humano en mitad de la naturaleza. Cuidado, limpo, amable. De gente acogedora y gentil.
A partir de ahí, ya relajado el primer resquemor del alma, sólo hay que circunvalar la Sierra. No visitar solo, sin la compañía que te espera. Nada para no violar la primera visita de los lugares que se quieren recorrer entre dos, y de esta manera, sin llegar a perderse en los Cerros de Úbeda, acariciar las montañas de pasada, con calma y reflexión, con los pensamientos y el corazón vueltos a la cordura.
No dejes, ya que estás, de visitar Jimena o Jodar, y vuelve rápido a encontrar y entregar los besos que deseas para que un día ésta ruta tenga las connotaciones que merece. No tomes en vano la belleza.
chadas blancas y mostrando todos los matices posibles de los verdes olivo, sobre la hierba y los cultivos. Tierra de fronteras, guardas de las que todavía se divisan atalayas en las colinas, faros continentales que trasmitían sucesos y peligros entre sí, para avisar a los reyezuelos de aquellas antiguas ciudades – estado en que el imperio musulmán se había fragmentado, empujado al desastre por una fuerza organizada, que ha dado en llamarse occidente; a la que una clase social naciente, mercantil, llena de ideas novedosas y de ánsia de expansión propulsaba, contra la no podían hacer frente desde su disgregación. Modelos en crisis. Tiempos difíciles.

