cartas de manuel

"Me entusiasmo cada vez que recibo tus cartas, pues me infunden esperanza, porque ya no prometen, sino que responden de ti". (L. A. Séneca)

Mes: junio, 2010

Rutas en Jaén (I). De cómo tratar el mal de amores.


Primero debería definir qué es el mal de amores para mi, porque no se trata de que te hayan aparcado como una colilla, ni que hagas otro tanto. Más bien hablamos de algo más suave, llevadero. Que sí: jodido, pero contento al final. Porque no es más que un mal pasajero, tratable, etc. No está en peligro el amor, sólo es un desencuentro al que mostrar la salida.

Por eso tiro al monte que es signo de despecho, de arrojo, de reto, al tiempo que significa necesariamente un salir para volver. Estás airado, las circunstancias mandan pero al final, quien debe mandar es uno mismo. Un  primer paso: el monte en todas las culturas es sinónimo de soledad y trascendencia al tiempo. Lugar donde despotricar libre y encontrarse, que no es otra cosa la trascendencia.

Cambil. Se lo recomiendo a ustedes. Es el corazón de Sierra Mágina, por lo menos uno de los corazones que este terreno formidable contiene, de qué podría su sangre moverse por semejante vastedad si no tuviera más máquinas que la impulsaran. Pues Cambil. Es una belleza recoleta, atravesada de punta a punta por un arroyo bien encauzado y envuelta por decenas de agujas montañosas que dan la medida de lo que realmente es el ser humano en mitad de la naturaleza. Cuidado, limpo, amable. De gente acogedora y gentil.

A partir de ahí, ya relajado el primer resquemor del alma, sólo hay que circunvalar la Sierra. No visitar solo, sin la compañía que te espera.  Nada para no violar la primera visita de los lugares que se quieren recorrer entre dos, y de esta manera, sin llegar a perderse en los Cerros de Úbeda, acariciar las montañas de pasada, con calma y reflexión, con los pensamientos y el corazón vueltos  a la cordura.

No dejes, ya que estás, de visitar Jimena o Jodar, y vuelve rápido a encontrar y entregar los besos que deseas para que un día ésta ruta tenga las connotaciones que merece. No tomes en vano la belleza.

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No tiene precio la Vida


Hay pocas ocasiones en que la vida no está preñada de aristas, momentos en que todo es afable y sientes el regalo, la gratuidad honda, el agradecimiento. Ese instante en que verificas, en otro diapasón,  que la vida no vale nada porque es Vida con mayúsculas, no tiene precio, estás en el ojo de su huracán.

Mis dos amigas Lola y Norah han traído a nuestro mundo a Maya.

¿Ven? Un nuevo círculo se ha cerrado. Esto es así. No le den más vueltas. Les gustará o no. Sentirán placer, envidia, angustia, confusión, verguenza, ira. Pero sólo es que el mundo gira. ¡E pur si muove! Bendito sea dios.

Cuando vivía en Sevilla, me producía gran placer visitar el Parque del Alamillo e identificaba fácilmente el porqué de ese placer: el mestizaje. Ver desenvolverse sobre llanuras y lomas suaves, cuidadas y sembradas de árboles mediterráneos, traidos de aquí y allá, de todos los lugares de Andalucía. Ver desenvolverse, decía, una multitud de personas distraídas, multicolor en sus ropas, razas, edades, géneros y orientación sexual: bebés, ancianos, jóvenes, adolescentes, amantes en prácticas, matrimonios, parejas de cualquier tipo (incluídas los guardas del lugar), haciendo y diciendo cada cual lo que le venía en gana. A menudo encontraba a gente practicando tai chí, a monjes tibetanos de visitas en la capital, haciendo sus oraciones arropados por multitud de curiosos, católicos en día de convivencia parroquial, evangélicos en día de convivencia cultual, cristianos de base en día de convivencia-reflexión socio-político-religiosa. Me encontraba a veces a grupos políticos de distinta índole (yo diría que siempre en la izquierda del arco) en día de asueto. En días así, donde las ardillas intimaban más por obligación, pensaba para mí que negar la evidencia y valorarla moralmente es, no sólo una pérdida de tiempo, sino insano. Nuestro mundo, a dios gracias, desde hace algún tiempo se ha vuelto mestizo y desde entonces es más rico.

Me preguntas qué tiene que ver la historia de Lola, Norah y Maya en todo esto. Es que forma parte del mestizaje, verás.

Existen personas a las que se les inflama los carrillos y labios, como si se hubieran tirado en caída libre desde la cumbre del Naranjo de Bulnes, cuando aseveran: la familia tradicional es el átomo de la sociedad. Seguido de la lapidaria frase: la familia se ha roto, ergo la sociedad está corrupta. Me pregunto de quién ha nacido esta nueva sociedad mestiza, donde no todo son inmigrantes y donde los inmigrantes forman familias con los nativos del lugar. Me pregunto qué se gana viviendo en el pasado, aferrándose a él como si fuera todo lo que existe porque el resto sólo es ira.

De aquellos lodos estos barros, monta tanto. Tiene que caerse mucho en la imbecilidad (RAE: de imbecillis – lat. Adj. Alelado, escaso de razón. U. t. c. s.) para no ver la evolución que ellos mismos fomentaron con su obra o por falta de la misma. Más allá, hay que caer mucho en la estupidez (RAE: de stupidus – lat.  Adj. Necio, falto de inteligencia. U. t. c. s.) para no mirar límpiamente la realidad y más allá de los deseos, aprehenderla. ¿Dónde la maldad, dónde el error? ¿Qué dios chiquitito, pequeñito y cabroncete nos castigará?

Lola y Norah son mujer y mujer (civilmente digo) y madres de Maya, la felicidad que alienta a las tres nos alienta a sus familiares y amigos. La alegría de hija y madres es redondita, suave. Un regalo sin aristas de la Vida.

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Despertares


A veces un hombre despierta /en la casa oscurecida /y enciende una triste palmatoria.// Brevemente/el aire vuelve a iluminarse/y de sus torpes manos salta una tórtola cautiva,/un breve escalofrío /que desde dentro rompe el cascarón de su noche. (El sueño de Dakhla. Manuel Moya/Umar Abass)

Ayer viajé con mi mujer desde la costa de Málaga hacia Jaén, siguiendo la ruta que unos amigos nos recomendaron, por la que encontramos Antequera, Lucena, Doña Mecía, Alcaudete, Martos… hasta llegar a Torredelcampo. El entorno de esta carretera es una belleza, recomendable, revisitable pueblo a pueblo.

Llovía. Entre los claros que se abrían, entre nubes borrascosas y algodonadas, una luz límpia progresaba iluminando las montañas, anaranjando fachadas blancas y mostrando todos los matices posibles de los verdes olivo, sobre la hierba y los cultivos. Tierra de fronteras, guardas de las que todavía se divisan atalayas en las colinas, faros continentales que trasmitían sucesos y peligros entre sí, para avisar a los reyezuelos de aquellas antiguas ciudades – estado en que el imperio musulmán se había fragmentado, empujado al desastre por una fuerza organizada, que ha dado en llamarse occidente; a la que una clase social naciente, mercantil, llena de ideas novedosas y de ánsia de expansión propulsaba,  contra la no podían hacer frente desde su disgregación. Modelos en crisis. Tiempos difíciles.

Se me ocurrió la peregrina idea sobre la marcha y la expuse a mi chica: compramos una vieja atalaya, donde habitar, a la que subir, desde donde divisar entre el aire límpio estos territorios. Donde vivir. Escribir, pensar, soñar, acoger a amigos y hacer otros nuevos. Un lugar de soledades y encuentros que necesariamente se convertiría en testigo de sucesos gratos. Cuyos muros hablarían de conversaciones sosegadas, música, intimidades, secretos de amistad, preocupaciones por el hoy y el mañana, análisis del pasado, rememoraciones y homenajes. A cada sillar de piedra correspondería una propuesta para vivir mejor, un hallazgo, una soflama panfletaria, un invento, algún poema, el nombre de una nueva persona en nuestras vidas. Las almenas ruinosas se restablecerían con la fuerza de la imaginación de un mundo distinto, más justo. Piramidal, por supuesto. En cuya base descansara la dignidad y tendría por cúspide la justicia incorruptible.

Al cabo del tiempo otros comprarían nuevas ruínas y las habitarían,  de modo que de atalaya en atalaya todo el nuevo sur iluminaría tierras y mares por los que se disgregarían estos hallazgos hasta que los olivares inmensos se convirtieran en jardines de los que manara aceite y miel.

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1 ó 2, nunca una x


Mateo 5, 1-12

He tenido la suerte de escuchar, charlar y convivir en multiples ocasiones con estas personas: Evaristo Villar, Benjamin Forcano, Antonio Moreno, Esteban Tabares, Juan J. Tamayo, Juan A. Estrada, José María Castillo, Ivone Gebara, Julio P. Pinillos, Manuel Collado, Enrique de Castro y tantísimas personas más. Considero que forman parte de mi. Yo soy lo que soy en gran medida por todas estas personas y aquellas otras, que desde un anonimato mayor viven a la sombra del buen árbol de los Evangelios.

Nombro a todas estas personas y se me quedan otros nombres en el olvido, como homenaje a su buen hacer, y como reconocimiento de que en tantas otras, su coherencia, empuje, actividad y honradez, son referentes. También porque a poco que se reconozcan estos nombres, los lectores sabrán unirlos a asociaciones de curas obreros, a cátedras de teología, a movimientos por la liberación de los pueblos, por la liberación de las mujeres en las sociedades y en la iglesia, a asociaciones de barrios, etc.

Yo mismo he formado parte de lo que ha dado en llamarse comunidades de base, y sigo identificándome con ellas en tanto que me involucro en los movimientos sociales, en la persecución de la justicia para los más débiles y en un sentido de la ética, humanístico y evangélico en gran medida, pese a haber perdido el sentido trascendente de lo religioso con  convicción. Por esta convivencia de años y por el seguimiento de su quehacer puedo decir que conozco íntimamente su capacidad organizativa, de gestión, administrativa, formativa y puedo asegurar que no les hace falta ninguna x en la declaración de hacienda.

Ellos, los cristianos de base, son los más interesados en la laicidad de la sociedad, en la aconfesionalidad del estado, en que los acuerdos estado – Santa Sede se extingan, en que desaparezcan los símbolos religiosos de las escuelas y organismos estatales, autonómicos y locales, en que la religión no sea una asignatura académica y se mejore la de educación para la ciudadanía. Alguno se sorprendería aún al constatar cuántos valores cívicos se desprenden del evangelio.

Todas estas personas y los miles que no se nombran están tras todas las mejoras sociales, de igualdad de sexo, de enfrentamiento con la violencia de género, de compromiso con la homosexualidad, de asistencia y promoción de los inmigrantes, del desarrollo rural, de la mejora de barrios, de la convivencia cívica entre las personas que los habitan. Desde la atalaya que les da su credibilidad hacen teología de nivel, teología encarnada en la persona, teología para la vida y para vivir mejor. Muchas han saltado a la política y a los sindicatos, incluso algunos de estos han sido fundados por ellas. La mayoría ha optado por seguir el compromiso social, político y familiar. Es inimaginable el papel que tantísimas mujeres han jugado y juegan en estos territorios.

Para la celebración de su fe practican su humildad, el pan sabe a pan y el vino a vino, pocas veces preside una persona y el evangelio suena con voz femenina. Ellos no se han sustraído del matiz que la mujer aporta y por eso son mejores personas.

Les invito a conocerlos, a conocer su actividad, a dejarse interrogar por su palabra, acción y coherencia.

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Después de cruzar el Shannon


¿Por qué palabras como éstas me parecen tan sosas y frías? ¿Es porque no hay una palabra tan tierna que sea capaz de ser tu nombre? .
James Joyce. Dublineses. Los muertos. (leer)

Así es manuel, pasan ya tres años completos. Casi algunos meses menos de los que tuve conciencia de tu presencia y me sigues mirando así, mano contra mano estrechadas, dedos ágiles y cuidados, mirada atenta y gesto paciente.

Hace fresco junto a los castaños de indias, el tilero y el haya esta tarde. ¿Qué te iba diciendo? Me contaron tus amigos recalcitrantes que, en tiempos, junto al maná, dormía todo un robledal, ¿imaginas?, y que la necesidad inmediata de agua, más la construcción de naves indianas lo devoraron hasta dejarnos este lugar para nosotros. Si, ya me explicaste cómo el tilero sobrevivió, a pesar vuestro, pequeño, enhiesto; cuidado por un borrachín que podría ser el mismísimo Freddy Malins. Supongo que lo habraś encontrado.

¿Por qué he tardado tanto en reconocerte? ¿Con qué clase de mirada tan poco certera he aseverado tu ausencia? ¿Tenía el corazón tan ocupado por la corriente? No supe ver a mi amigo paciente y raro. Vi por dos veces mi corazón y sus entresijos, y no encontraba más que visceras y miedo allí, desnudo. No podía advertir que me mirabas con la misma atención y paciencia que ahora.

Para cuando te marchaste inopinadamente a Oughterard y aun antes, casi sin tiempo te dí todo lo que supe para el viaje, te conté cómo yo le temía al cruce de las sediciosas aguas del Shannon, hacia el Oeste. Durante más de quinientos kilómetros me apresuré, y al llegar te vi sonriente, sereno y frío, Manuel. Por eso volviste durante unos instantes para darme unas instrucciones precisas sobre el amor y nuestra familia.

Tengo urgencia en contarte un secreto, todos los días me acompañas, quién mManuel, mi padree lo iba a decir! Y he resuelto el acertijo. Por esto encuentro la felicidad por momentos y cuando la pierdo no me entristece; huelo su regreso, sé que lo estoy haciendo bien, muy bien: mis hijos me miran ahora como yo a ti ahora. Existe una nueva realidad, es casi el detonante de mis sueños. Espera a conocerla sin prisas, habla italiano, como tú. Es bonita como la vida, un susurro como del aire entre las hojas del antiguo robledal.

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