Lleno de bosques.

por Manuel Bermúdez Trujillo


    ROMERO SÓLO…

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero…, sólo romero. León Felipe.

A estas alturas pienso que soy romero, peregrino, piedra de los caminos, pequeña y ligera. Así me lo explica mi alma, que no tanto, tal vez, mi cuerpo (o no) Alguien que hace camino de su vida, de una vida en búsqueda. Sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo dice León Felipe (de quien por cierto oí su voz días atrás, voz clara y juvenil que no podía imaginar a juzgar por su físico, barbudo, grande, tosco… y que declamaba muy poco al uso grandilocuente y al estilo púlpito, tan de moda en sus contemporáneos.

Sin pueblo, que viene a ser sin apegos vanos, pero tal vez sólo quien es realmente de pueblo, o quien aun habiendo nacido en una ciudad sin sentirse afectado por lo provinciano y chovinista, puede sentirse un sin pueblo. Aquel del que procedo, pequeño y sin pretensiones, onubense y serrano, imprime, sin duda, carácter también. Siempre comento que como camines algo más de la cuenta te sales al campo, y así es. Fuenteheridos, en la Sierra de Aracena y Picos de Aroche, es un pueblo pequeño que en su época de mayor población se vió habitado por unas mil quinientas almas y que en mi niñez podría tener unos seiscientos habitantes. Dos plazas, algunas calles, una iglesia, arquitectura popular interesante y bella, y gente sencilla y esencialmente buena. Tengo la vivencia de la libertad de movimientos, por calles, callejas y campo, la vivencia del crecimiento y cuidados compartidos por mis familiares y vecinos que me hacían sentir seguro en cualquier lugar. Los juegos, relaciones personales y descubrimientos limpios, directos, sin doblez. La vida cuyo ritmo marcan las estaciones y fechas, el tiempo laborable y los festivos. Creo que para ser un sin pueblo, un espíritu universal y libre se debe haber nacido en medio de la libertad que un pueblo, un barrio pequeño, cercano y familiar, te ofrece, especialmente en los años de formación.

Mucho me he movido desde aquellos primeros años, siempre sin temor y sin malos resultados. Sin vanidad confieso que no me he sentido nunca extraño o esclavo de un lugar y que en todos encuentro belleza y motivos por los que sentirme vivo. Tal vez sin pretenderlo he dado vida a los lugares por donde pasé. Por esto me ahogan los nacionalismos y tiendo a encontrarme mejor en pueblos o ciudades manejables. Hay que vivir mucho los bosques para aprender que no siempre los árboles impiden ver el paisaje.

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