Los faros.
Como un fieltro son de suaves las palabras que nos dices. Verde porque son para taures de la experiencia. Limpio, dispuesto para un sorprendente juego mágico donde se desarrolla la vida que sueñas, la que a veces vives en el tiempo y le devuelves vida desde las entrañas y así, mojada aparece ante nuestros ojos hastiados por la certidumbre. Tú las dispones consecutivas, enlazadas por un sentido que les encuentras y construyes frases y dichos, las dejas descansar en la boca de los personajes a los que das aliento y entre ellos las diriges, libres, emocionantes, sensuales, hacia sus cerebros, pulmones, sexo, pies delicadamente vestidos por sandalias simples que le dan frescor o sobre tacones de salón, devolviéndonos un calor proverbial.
De la pesca diaria, te observo desde detrás de las ventanas, durante el día entresacas sentidos y ya nocturna tejes historias. De repente encarnas sombras sobre el puente, aquella mujer tras su copa de oporto, la que hace tintinear ligeros sus zapatos sobre el asfalto solitario, a veces sobre las calles peatonales envueltas por tiendas de verdura y fruta fresca que se ofrece bajo soportales coloniales, y continuan resonando a pesar del murmullo y las voces exasperadas de algunas vendedoras. Nos haces descubrir el movimiento de los dedos recorriendo la seda, el armonioso subir de tu brazo que sostiene un sombrero de paja luminosa. Puedo ver como la falda recorre tus muslos hasta la rodilla, los puños de la camisa que se ajustan a tus muñecas y el pañuelo, que recogiste en el último momento antes de cerrar la puerta sin llave, viste tu cuello.
Nos la descubres sonnolienta y alegre, cuidadora versatil, entregada a todo y siempre viva, como esas florecillas de Granada que jamás pierden su textura ni su color, nunca están ajadas. A través del tiempo y los lugares sobre el papel dibujas instantes transitables, reales de puro imaginarios, comunes pero donde sólo tú alcanzas a vislumbrar lo genuino. Así tejes historias que nos iluminan como faros en días de bruma, para decirnos algo sobre ti misma. Dibujando morfemas trasladas la atmósfera y aquellos que te son queridos.
Llegan tus historias como cartas dentro de botellas de vidrio que destellan y las olas rompen contra las rocas, atravesando mar y montañas, jugosas y leves para calmar nuestro ánimo, abarloadas a nuestra piel. Así cuando se leen en voz queda, susurran sus sonidos y nos atan, como ataron un día a Ulises mientras volvía a Ítaca. La Ciudad Estado generosa.
