Agua sobre Joaquín


Llegó exhausto, calado hasta los huesos, aterido de frío. Repetía incesantemente: mamá un fantasma, con voz de niño pequeño prisionera de su cuerpo adulto; los grandes ojos negros ya casi sin el destello de la vida y sus párpados abiertos, como sujetos por una sutura imposible que impedía cualquier parpadeo. Cayó de rodillas en el enlosado de ladrillo rojo de la cocina, junto a la lumbre, abatido por el cansancio y el miedo, sus manos de dedos largos y finos se asían crispadas a la falda negra de Agustina.

De repente los temblores cesaron y su cuerpo se relajó sobre las baldosas rojas de la estancia. Agustina se levantó. Como una autómata fue hasta el dormitorio de Joaquín y cogió ropa seca, unos viejos calcetines de pura lana y las zapatillas de su hijo. Volvió junto a él, lo desnudó y fue secando su cuerpo, frotándolo, observando como el color macilento iba desapareciendo a medida que el calor de la lumbre y la toalla iban haciendo su trabajo. Terminó de vestirlo con una raída camiseta de felpa y calzas largas y le pidió vamos Joaquín, hijo, levanta, deja que te lleve a la cama. Joaquín se dejaba hacer, completamente abandonado, mientras continuaba repitiendo de forma casi inaudible madre, un fantasma. Mamá un fantasma.

Agustina arrastró su cuerpo unos metros hasta llegar al dormitorio y penosamente lo levantó hasta sentarlo en la cama, tomó sus piernas y las elevó, después buscó unas mantas y arropó con ellas a su hijo que volvía a temblar y sufría constantes espasmos. Se colocó una gruesa toca negra y salió con premura hacia la calle, mientras oía aquella frase incesantemente repetida y unos sonidos guturales parecidos a un ronquido continuo y espaciado que sustituía los breves momentos en que Joaquín callaba.

El reloj del campanario avisaba en ese momento de las tres de la madrugada. En la pequeña población no vivía ningún médico. A Agustina no le quedaba familia y su prudencia le impedía acudir en momentos de extrema gravedad al amparo de vecinos que no podrían asistirla. Así se dirigió, contrariada, como única esperanza, a la casa de su antiguo señor para pedir ayuda. Su figura cruelmente encorvada desde hacía muchos años, apoyada en un viejo bastón atravesó los callejones hasta llegar a la puerta de don Álvaro Restrepo. Casi sin aliento, su mano izquierda se apoyó en el portón principal. Usó el bastón como llamador. Sorprendida vio como de inmediato la puerta se abrió y don Álvaro apareció envuelto en un albornoz azul marino, descalzo aún y muy nervioso. Ha sido una broma inofensiva, Agustina. Es que tu hijo es muy impresionable… cómo iba yo a suponer…No me dio tiempo para nada, comenzó a correr como alma que lleva al diablo, mientras yo me quitaba la sábana y le gritaba ¡Que soy yo Joaquinito, muchacho!, ven hombre que aún nos queda borrajo [1]y mosto.

Agustina a medida que Don Álvaro le relataba lo sucedido, iba irguiéndose dolorosamente, apoyando su peso con las dos manos sobre su bastón, y cuando Don Álvaro calló lo miró ya sin respeto ni esperanza. A mi hijo se le está pudriendo la sangre, señor. Y volvió urgente a casa.

Los Restrepo eran una familia adinerada, bien considerada y numerosa. El viejo Don Álvaro, el abuelo del que tomó el nombre su primer nieto, consiguió un contrato generoso para transportar las vías del futuro ferrocarril Rio Tinto – Huelva, lo que hizo incrementar su patrimonio ostensiblemente. Su Hijo Gustavo amplió las propiedades y sus fincas daban trabajo durante todo el año a hombres y mujeres del pueblo y de otros del entorno. Agustina comenzó a trabajar para él, en la casa, como gobernanta y ayudó a criar a sus cinco hijos, todos varones. El mayor, Álvaro, se quedó siempre en el pueblo, mientras sus hermanos se marcharon a estudiar a Sevilla y con el tiempo fueron diseminándose por diversas ciudades de Andalucía. Don Gustavo testó mediante mayorazgo, por lo que el primogénito acumuló el principal del patrimonio familiar, el dinero efectivo lo dividió a partes iguales y las tierras en cinco unidades. El viejo consideró que la inversión en estudios de sus cuatro hijos era un anticipo de su futura herencia que unida una pequeña porción de tierra para cada uno de ellos, donde poder levantar una casa familiar para las temporadas de vacaciones y descanso, sería un legado justo. Entretanto, Álvaro, el mayor que no servía para estudiar y siempre estuvo al tanto de los trabajos del campo se quedaba con el resto de propiedades, la casa grande incluida. No hubo riñas o desacuerdos ante las últimas voluntades del viejo. Sus caracteres eran absolutamente diferentes y a ninguno más que a Álvaro le interesaba la agricultura.

Cuando llegaban tiempos difíciles donde escaseaba el dinero Álvaro estaba siempre dispuesto a ayudar económicamente a sus paisanos, asegurándose de que los préstamos vencieran en un tiempo suficiente como para que no se hubieran repuesto de sus deudas completamente, de manera que al fin cobraba en especie, nuevas tierras, pequeñas parcelas que con el tiempo se hicieron colindantes hasta que llegó un momento donde el sol o la luna iluminaban la propiedad que la vista no podía abarcar.

Don Álvaro se describía como un hombre trabajador e inteligente, exigente, generoso y culto, campechano en el trato con las personas de clases sociales inferiores, porque, así entendía, se hacía más asequible en la convivencia del día a día con sus capataces y obreros o el personal de su casa. No era esta, por otra parte, la visión que de él tenían sus vecinos, de cualquier clase y poder económico. Resultaba un advenedizo oportunista, impropio de su linaje, presuntuoso y prepotente, listo pero nada inteligente, fumador empedernido de puros importados, de los que no obtenía otro placer que lo que él calificaba de genuinidad. Amigo de juergas, putas y bromas que iban más allá de la pesadez. Casado con una beata infame que añadió con su dote tierras que nadie hubiera aceptado de una mujer así, y que nunca le dio hijos. Esto era una ventaja de la que todos disfrutaban, la única gracia que obtuvieron de doña Emilia Gijón de Restrepo aseguraba que con él morirían todos sus excesos.

Cuando volvió a casa, Agustina oyó el silencio agudo de la noche. El dormitorio de Joaquín olía a necesidad y el rostro de su hijo, lívido, se había retraído tras su larga nariz sin calor. Agustina dejó caer sobre el suelo de tierra prensada el bastón, se sentó sobre en el lecho de borra y tomó a Joaquín entre sus brazos. Espérame hijo. Inocente y querido hijo mío, espera donde quiera que hayas ido.

Veintiocho años atrás, a finales de septiembre doña Emilia la ordenó ir al doblado[2] para apilar unas cajas de manzanas, al elevar la última un dolor en los riñones le impidió continuar, se quedó paralizada y su espalda, instintivamente se dobló hacia adelante en un ángulo de casi noventa grados del que ya no lograría alzarse. Al mismo tiempo sitió una punzada en su vientre y supo que algo en su embarazo no iba bien. Don Álvaro le liquidó su última semana de salario y doña Emilia se empeñó, maternal, en que se llevara media caja de manzanas. Desde aquel día no volvió a trabajar para sus señores.

Aquella fecha quedó grabada en la memoria colectiva del pueblo, una broma de don Álvaro dejó cojo a Luis Ruíz, el cartero, de por vida. Un empujón sobre la candela que preparaban para un borrajo. La pierna de Luis quedó atrapada unos segundos entre las maderas que aún ardían. La quemadura fue importante y afectó a los músculos y tendones.

Agustina parió a su hijo, simple y sonriente. Lo mantuvo trabajando en los pocos campos de propietarios que aún no habían cedido tierras a don Álvaro, limpiando suelos y cocinando. Hizo que todos respetaran a Joaquín, que los juegos con él fueran inocentes y ligeros, su frágil corazón no admitía esfuerzos. Él la acompañaba a misa los domingos y ambos evitaban tener que saludar a los Restrepo, hasta aquel día en que don Álvaro se acercó a invitarlo a un borrajo en su finca “la dehesa Emilia” a legua y media hacia la vega. La era de “la Emilia” es un lugar soberbio Joaquín, disfrutarás mucho. Ve con Antonio y Santiago a preparar el borrajo, ellos te ayudarán, lo vamos a pasar genial, hijo. Dijo Don Álvaro. Desde que se marchó, Agustina lo estuvo esperando junto al fuego hasta que regresó corriendo a las dos y media de la madrugada.

Al terminar la misa de difuntos, el cura bajó las escalinatas del altar rezando en latín unas palabras y un monaguillo le acercó un acetre de plata con agua y un hisopo. De repente Agustina dejó de llorar y se incorporó. El cura, sorprendido, detuvo su oración y pidió a la madre serenidad y resignación, pero ella continuó ayudándose de su bastón hasta llegar al túmulo. Retiró las pesadas telas de terciopelo negro bordadas en oro del féretro y decididamente lo abrió. Todo el mundo en la iglesia se puso de pie. Agustina intentó erguirse y volviéndose hacia los asistentes pidió con voz segura siéntense por favor. Todos, señor cura. Cuando Joaquín nació nadie daba una gorda por su vida y fui yo misma la que lo bautizó. Ya ve, ni yo supe entonces confiar en su fortaleza y sus ansias por vivir. Tras un helado silencio continuó, Mi hijo no recibirá jamás una gota de agua sagrada que no venga de las manos de su madre. Le quitó el hisopo de las manos al cura y se dirigió hacia Joaquín. Ve en paz hijo y espérame un instante. Sumergió sus manos en el interior del acetre y deslizó el agua fría sobre los labios fríos de Joaquín. Después se dirigió a los reclinatorios junto a las escaleras del altar, propiedad de doña. Emilia y don Álvaro. Hijos de puta. Malditos, les dijo antes de romperle la cabeza a don Álvaro con aquel objeto de plata sagrado.


[1] En la sierra de Aracena, comida campestre generalmente nocturna, festiva. Se trata de un asado de patatas que se realiza introduciéndolas en las ascuas y ceniza de una candela ya sin llamas.

[2] Estancia superior de la casa directamente bajo el tejado, lugar utilizado como trastero y donde se colocaban frutas y hortalizas en tiempos de frio.

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