Hombres.
Vuelvo a casa y a pesar de encontrar mis rincones y plantas, los libros, fotografías y detalles: la chica sentada de barro negro de San Bartolo Coyotepec, sobre el atril los dibujos de Ramón Casas. Los libros de estudios, aquellos otros amigos de tardes y noches insomnes, los aparcados y los releídos, mis muebles y las luces lángidas, amables, tantas veces compañeras de soledades, el aire que respiré solitario y acompañado de tantos compañeros y amigas comprometidas. De amores y desamores. Rumores del pasado escrito en mis almas… El hogar cedido, la casa entregada tiene nuevos dueños.
Allí los hijos de mi primer amor, su presente y su futuro. La antigua semilla florece inexorablemente y se hace hombre. Personas recorridas por mi sangre, mi confusión y la recurrente coherencia. Me siento con ellos en un espacio que ya no siento mío, habitado por sus hallazgos y la felicidad íntima de haber hecho todo lo mejor que ha sabido.
Mientras hablamos del presente y de nuestros desvelos, escrutamos sin prisas el futuro, sus actitudes y miradas me hablan de madurez, me entregan confianza. Me devuelven todo con un lazo de regalo, como un ramo de flores en un día cualquiera que no es del padre. Allí construyen sus sueños y desvelan muchos de los míos. En buenas manos os dejo Pablo y Julio, en las vuestras. Toda mi confianza y amor desde una nueva patria plagada de lomas de olivo.
No olvidéis leer y dudar, cuidad de vuestros mayores y de vuestros amigos. Jamás os paralice el temor al riesgo para que no ofendáis a la vida.