cartas de manuel

"Me entusiasmo cada vez que recibo tus cartas, pues me infunden esperanza, porque ya no prometen, sino que responden de ti". (L. A. Séneca)

Etiqueta: Jaén

Jaén no tiene ombligo


Llegué a Jaén por amor cuando no lo buscaba. Esto dice bastante de la jaenera que me trajo. Ambas me enamoraron. El delirio del amor, que todo lo conmueve me abrió las puertas y dejó en cueros mi alma, así calado hasta la médula creó un caldo de cultivo proclive a aceptar la belleza. La belleza me retuvo, me regresó cuántas veces y yo me dejaba regresar.

Entonces comprendí que el caldo de cultivo estaba constituido de aceite vivo, orujo, pies y retamas, y que las lomas dibujadas de líneas interminables, que los montes abruptos levantados sin piedad sobre la tierra, el sol que tras ellos amanece y se pierde sobre la llanura , la belleza de los rostros y la franqueza de miradas imposibles de etiquetar me regresaban y yo me dejaba regresar. Pensé, qué es. Cómo sucede. Vi abiertas las puertas de par en par a la acogida y al arraigo. Nada más bello que la raiz que todo lo comienza, buscando nutrientes y aguas bajo tierras que amamantan desde antes que Iberia o Tharsis, cuando algunos atlantes proféticos calculaban la estrella que traería el conocimiento de ellos mismos para la posteridad en Atenas.

Yo me dejaba regresar cada día. Cada regreso añadía un átomo de alma a la existente, un paisaje, una

persona con su sonrisa, los labios que me decían, la piel que me tocaba, el aliento cálido con notas de la Sierra Morena, de Jabalcuz o la Peña, del sonido de la palabra Cambil – oye su música, sácala de tus labios y saborea su miel entre agujas y arroyo-. Me dejaba regresar por donde las gargantas reclaman con denuedo, así rodeando Jodar para no entorpecer, donde los misterios descubren la presencia antigua por Locubín. A Segura donde postrarme ante el caballero y poeta, para poder mirar lo que sus ojos vieron y respirar el vaho que sube desde las llanuras que lo circundan.

Me dejaba regresar a la sencillez, estrechando manos honestas, abrazando, al poco, pecho contra pecho, abarcando con mis brazos sus espaldas, dejando envolver mi cuerpo por sus brazos, para compartir sus dichas, tribulaciones sin estridencias, una verdad simple, desprovista de localismo, felizmente contaminada. Regresé. Me agregaron.

Rutas en Jaén (I). De cómo tratar el mal de amores.


Primero debería definir qué es el mal de amores para mi, porque no se trata de que te hayan aparcado como una colilla, ni que hagas otro tanto. Más bien hablamos de algo más suave, llevadero. Que sí: jodido, pero contento al final. Porque no es más que un mal pasajero, tratable, etc. No está en peligro el amor, sólo es un desencuentro al que mostrar la salida.

Por eso tiro al monte que es signo de despecho, de arrojo, de reto, al tiempo que significa necesariamente un salir para volver. Estás airado, las circunstancias mandan pero al final, quien debe mandar es uno mismo. Un  primer paso: el monte en todas las culturas es sinónimo de soledad y trascendencia al tiempo. Lugar donde despotricar libre y encontrarse, que no es otra cosa la trascendencia.

Cambil. Se lo recomiendo a ustedes. Es el corazón de Sierra Mágina, por lo menos uno de los corazones que este terreno formidable contiene, de qué podría su sangre moverse por semejante vastedad si no tuviera más máquinas que la impulsaran. Pues Cambil. Es una belleza recoleta, atravesada de punta a punta por un arroyo bien encauzado y envuelta por decenas de agujas montañosas que dan la medida de lo que realmente es el ser humano en mitad de la naturaleza. Cuidado, limpo, amable. De gente acogedora y gentil.

A partir de ahí, ya relajado el primer resquemor del alma, sólo hay que circunvalar la Sierra. No visitar solo, sin la compañía que te espera.  Nada para no violar la primera visita de los lugares que se quieren recorrer entre dos, y de esta manera, sin llegar a perderse en los Cerros de Úbeda, acariciar las montañas de pasada, con calma y reflexión, con los pensamientos y el corazón vueltos  a la cordura.

No dejes, ya que estás, de visitar Jimena o Jodar, y vuelve rápido a encontrar y entregar los besos que deseas para que un día ésta ruta tenga las connotaciones que merece. No tomes en vano la belleza.

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Despertares


A veces un hombre despierta /en la casa oscurecida /y enciende una triste palmatoria.// Brevemente/el aire vuelve a iluminarse/y de sus torpes manos salta una tórtola cautiva,/un breve escalofrío /que desde dentro rompe el cascarón de su noche. (El sueño de Dakhla. Manuel Moya/Umar Abass)

Ayer viajé con mi mujer desde la costa de Málaga hacia Jaén, siguiendo la ruta que unos amigos nos recomendaron, por la que encontramos Antequera, Lucena, Doña Mecía, Alcaudete, Martos… hasta llegar a Torredelcampo. El entorno de esta carretera es una belleza, recomendable, revisitable pueblo a pueblo.

Llovía. Entre los claros que se abrían, entre nubes borrascosas y algodonadas, una luz límpia progresaba iluminando las montañas, anaranjando fachadas blancas y mostrando todos los matices posibles de los verdes olivo, sobre la hierba y los cultivos. Tierra de fronteras, guardas de las que todavía se divisan atalayas en las colinas, faros continentales que trasmitían sucesos y peligros entre sí, para avisar a los reyezuelos de aquellas antiguas ciudades – estado en que el imperio musulmán se había fragmentado, empujado al desastre por una fuerza organizada, que ha dado en llamarse occidente; a la que una clase social naciente, mercantil, llena de ideas novedosas y de ánsia de expansión propulsaba,  contra la no podían hacer frente desde su disgregación. Modelos en crisis. Tiempos difíciles.

Se me ocurrió la peregrina idea sobre la marcha y la expuse a mi chica: compramos una vieja atalaya, donde habitar, a la que subir, desde donde divisar entre el aire límpio estos territorios. Donde vivir. Escribir, pensar, soñar, acoger a amigos y hacer otros nuevos. Un lugar de soledades y encuentros que necesariamente se convertiría en testigo de sucesos gratos. Cuyos muros hablarían de conversaciones sosegadas, música, intimidades, secretos de amistad, preocupaciones por el hoy y el mañana, análisis del pasado, rememoraciones y homenajes. A cada sillar de piedra correspondería una propuesta para vivir mejor, un hallazgo, una soflama panfletaria, un invento, algún poema, el nombre de una nueva persona en nuestras vidas. Las almenas ruinosas se restablecerían con la fuerza de la imaginación de un mundo distinto, más justo. Piramidal, por supuesto. En cuya base descansara la dignidad y tendría por cúspide la justicia incorruptible.

Al cabo del tiempo otros comprarían nuevas ruínas y las habitarían,  de modo que de atalaya en atalaya todo el nuevo sur iluminaría tierras y mares por los que se disgregarían estos hallazgos hasta que los olivares inmensos se convirtieran en jardines de los que manara aceite y miel.

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