Jaén no tiene ombligo
Llegué a Jaén por amor cuando no lo buscaba. Esto dice bastante de la jaenera que me trajo. Ambas me enamoraron. El delirio del amor, que todo lo conmueve me abrió las puertas y dejó en cueros mi alma, así calado hasta la médula creó un caldo de cultivo proclive a aceptar la belleza. La belleza me retuvo, me regresó cuántas veces y yo me dejaba regresar.
Entonces comprendí que el caldo de cultivo estaba constituido de aceite vivo, orujo, pies y retamas, y que las lomas dibujadas de líneas interminables, que los montes abruptos levantados sin piedad sobre la tierra, el sol que tras ellos amanece y se pierde sobre la llanura , la belleza de los rostros y la franqueza de miradas imposibles de etiquetar me regresaban y yo me dejaba regresar. Pensé, qué es. Cómo sucede. Vi abiertas las puertas de par en par a la acogida y al arraigo. Nada más bello que la raiz que todo lo comienza, buscando nutrientes y aguas bajo tierras que amamantan desde antes que Iberia o Tharsis, cuando algunos atlantes proféticos calculaban la estrella que traería el conocimiento de ellos mismos para la posteridad en Atenas.
Yo me dejaba regresar cada día. Cada regreso añadía un átomo de alma a la existente, un paisaje, una
persona con su sonrisa, los labios que me decían, la piel que me tocaba, el aliento cálido con notas de la Sierra Morena, de Jabalcuz o la Peña, del sonido de la palabra Cambil – oye su música, sácala de tus labios y saborea su miel entre agujas y arroyo-. Me dejaba regresar por donde las gargantas reclaman con denuedo, así rodeando Jodar para no entorpecer, donde los misterios descubren la presencia antigua por Locubín. A Segura donde postrarme ante el caballero y poeta, para poder mirar lo que sus ojos vieron y respirar el vaho que sube desde las llanuras que lo circundan.
Me dejaba regresar a la sencillez, estrechando manos honestas, abrazando, al poco, pecho contra pecho, abarcando con mis brazos sus espaldas, dejando envolver mi cuerpo por sus brazos, para compartir sus dichas, tribulaciones sin estridencias, una verdad simple, desprovista de localismo, felizmente contaminada. Regresé. Me agregaron.


chadas blancas y mostrando todos los matices posibles de los verdes olivo, sobre la hierba y los cultivos. Tierra de fronteras, guardas de las que todavía se divisan atalayas en las colinas, faros continentales que trasmitían sucesos y peligros entre sí, para avisar a los reyezuelos de aquellas antiguas ciudades – estado en que el imperio musulmán se había fragmentado, empujado al desastre por una fuerza organizada, que ha dado en llamarse occidente; a la que una clase social naciente, mercantil, llena de ideas novedosas y de ánsia de expansión propulsaba, contra la no podían hacer frente desde su disgregación. Modelos en crisis. Tiempos difíciles.