para vivir.


A veces me preguntan por qué escribir. Yo no puedo cuestionarme esto. Recuerdo haber escrito desde pequeño… Jamás me pregunté por qué o para qué. Entonces, cuando leía unos cuentos multicolores, recuerdo especialmente uno sobre una nutria con magníficas ilustraciones que ocupaban páginas enteras, me sentía transportado a mundos ilusionantes. Aquellas primeras escrituras probablemente inducidas por las lecturas me hacían sentir esas otras vidas que jamás se harían reales, reales como mi mundo pequeño: lleno de bosques de castaños y helechos, de oquedades en la roca, pozos de sondeos de minas absolutamente anegados, rodeados por robles eternos, techos de tejas árabes, cubiertas de liquen, oscuras por el tiempo, casi fósiles, o chimeneas multiformes, simples cajas de piedra humilde o de magníficos ladrillos tallados que delataban el nivel de vida de aquellos a quienes cobijaban o de antepasados más pudientes. Sin embargo, ya se sabe, la realidad es multiforme. Los trazos de las palabras y las frases, bajo títulos subrayados de rojo, me ofrecían otras vidas que aceptaba de mil amores.

Mi padre nos regalaba siempre libros. Ah, aquellos magníficos libros ilustrados cada dos páginas, que contaban historias medievales, aventuras al ártico, hombres de mundos desconocidos, mujeres exóticas, enamoradas, fuertes, travesías en grandes veleros comerciales, de la armada de algún país fabuloso. Aguerridos filibusteros abordando naves cargadas de metales preciosos y joyas fulgurantes. Todos seres cabales, venturosos, arriesgados. Historias en que la justicia se imponía sobre la gravedad de opresiones, vilezas de ricos y ventajistas.

Después llegaron las lecturas de estudiante, aquellas que para tantos suponían una imposición inaceptable y que arraigaron haciéndome feliz, Quevedo o Eduardo Mendoza, Borges o Unamuno, la poesía y aquella otra cosa breve, dulce y llena de perplejidad que Ocnos arrancó de mí y posteriormente Verlaine, César Vallejo o Juan Ramón Jiménez confirmaron, donde la libertad de las formas poéticas no encorsetaba la belleza de sabias palabras, puros sonidos, prosa poética. Todas estas lecturas, la evolución entre ellas latían en aquello que escribía, hasta que un día pude ver en una galerada que nunca dió a luz tres textos míos, joven narrativa andaluza de vanguardia, a la que José Luis Ortiz de Lanzagorta nos llevó, a Hipólito González Navarro, Manuel Moya Escobar y a mi. ¡a mi! No podía creerlo, junto a aquellos amigos diestros en la escritura a los que literariamente no era digno de atar la correa de sus sandalias.

No desaparece la magia de las palabras, sus sinónimos y giros, aumenta el peso de los contenidos, la trama,  el aire y caracter de un personaje, la cadencia de sus diálogos. El acto de escribir sigue llevándome de aquí, el tiempo se detiene a mi alrededor, los sonidos se enmascaran, opacan, como producidos en viejos trasteros de madera, bajo el techo de la casa, después de inacabables tramos de escaleras. Otras vidas, olores, luces ven mis ojos ante la pantalla, frente a otra ventana, bajo un flexo distinto, junto a quien siempre extrañé y disfruto.

A veces, cuando el tiempo se hace eterno, cuando las ocupaciones no dejan lugar a la creatividad, bullen en mi cabeza sonidos de palabras hermosas. Vivo, y cuando escribo vivo.