Una tarde de terror monacal.


rembrandtSer monaguillo suponía una gran responsabilidad, teniendo en cuenta que la edad media rondaba los diez años. Debía, sin error, tañer las campanas a sus horas: la del rosario, la de las misas, las de difuntos – hombre o mujer- . Las de las fiestas de guardar. Encender las velas apropiadas según el día: ordinario o festividad de aquel o este otro santo. Preparar el cáliz, las vinajeras, el agua y el vino. Cortar con la pequeña prensa- troquel las formas para la comunión, lámina que recordaba a aquellas otras de las fiestas populares rellenas de higos, aproximadamente las justas para que no enmohecieran, dependiendo de la clientela parroquial más o menos acostumbrada. Saber discernir, según las fechas, el tiempo ordinario o festivo para encontrar las lecturas apropiadas, dejando señaladas por la cinta de seda las páginas del misal: verde para el evangelio, roja para el salmo y las escrituras bíblicas. También el tiempo eucarístico determinaba el color de la casulla y la estola, que luego, al vestir, besaría el cura en su vértice, sobre la cruz. Saberse las letanías, conocer los misterios dolorosos o gozosos y rezar el rosario sin dormir y sin saltarse algún que otro Padrenuestro para no recibir la mirada inquisitorial de la anciana más próxima al reclinatorio. Recibir con dignidad los cogotazos del cura cuando estimaba que te habías quedado en el extrarradio de cualquier obligación y faltar, diariamente, a los juegos que los demás disfrutaban en casa o en la plaza del pueblo.

Como todos los oficios, los misterios de aquel eran revelados prudentemente por el monaguillo veterano, quien con los pasos propios de su maestría te obligaba primero a ser cocinero antes que fraile, señalando con autoridad y cansinamente aquellas obligaciones que él entendía que ya no eran asumibles desde su veteranía: las que menos le gustaban hacer. Así, lentamente ibas conociendo los intríngulis de un trabajo callado y desconocido, hasta que, por fin, un día, te decía:

-          Hoy tocas tú la campanilla en la consagración. Pero cuidadito con hacer el más mínimo ruido entre el pan y el vino, o te pego un pescozón que te avío.

Aquel suponía el momento de la mayoría de edad del nuevo monaguillo. El tiempo en que todo quedaba a tu cargo. El momento en que el veterano comenzaba a trasparentarse, para finalmente desaparecer por delante de su sombra, orgulloso y liberado de una tarea que, a esas alturas, le resultaba pueril. Para entonces ya hacía tiempo que durante el repique de las campanas, en los descansos, encendía orgulloso un ducados que debía saberle a gloria, por mucho que tosiera entre caladas y deformes aros de humo.

Aquel primer día de soledad de mi reinado como monaguillo oficial hacía un frío de espanto. Eloísa me entregó las llaves de la iglesia, sin salir del zaguán, para no mojarse por el agua racheada que embestía la fachada de su casa. Ni una palabra. Embozada en su bufanda de cuadros rojos y verdes se cubrió la garganta y la boca hasta la mitad de la nariz. Se adentró en la casa, cerrando la puerta, como diciendo vaya tarde de perros.

Yo era un niño miedoso. Pero mi miedo nada tenía que ver con la presencia de gente mala, la posibilidad de un accidente, un hecho corriente que por el dolor o la sorpresa pudieran hacer temblar a cualquiera. Tal vez alimentado por aquellos seriales lúgubres de las tardes de radio: cumbres borrascosas, con la voz del narrador grave y sinuosa, o aquellos otros de televisión en blanco y negro, basados en cuentos de terror de Poe, Bécquer o Lovecraft, que sonaban tan raros en el castellano de los actores que, un momento después, podías ver interpretando a Lope, Dumas o Pedro Muñoz Seca.

La tarde, que por la hora debería haber sido luminosa, aún bañada la torre y los tejados de la iglesia por los rayos del atardecer, en medio de la ventisca y el aguacero formidable, se tornó oscura, casi tan negra como la noche. Subí, debajo de un paraguas para adultos que me protegía hasta las rodillas, las escaleras del porche de la iglesia. Me detuve ante la vieja puerta de madera de castaño y asustado por los relámpagos introduje aquella vieja llave de hierro, que sobrepasaba el tamaño de mi mano, en la embocadura de latón oscuro de la cerradura. Tres vueltas lentas y chirriantes me obligaron a pensar en la necesidad de echar aceite en ese lugar, y en las bisagras de todas las puertas: portalón trasero, sacristía, torre, coro, armarios… incluso aquella escondida y esotérica, disimulada detrás del gran crucificado que presidía al altar y que, cuando era aún más niño, daba paso al antiguo camarín, donde las tres personas distintas se fundían, en un solo trozo tallado de madera, para revelar al único Dios verdadero.

Mientras me ocupaba en pensar en esas tareas, para evitar ser consciente de la atmósfera de miedo que me rodeaba, empujé el portón, a oscuras me detuve nuevamente en ese espacio mágico y oscuro, entre maderas, que dividía en dos el acceso a la nave del templo. Allí podía distinguir, sin vacilación, tras de mí, el ruido del viento, la lluvia y los truenos que segundos después iluminaban a fogonazos la tarde, proyectando mi propia sombra contra la pared. Mientras delante escuchaba el silencio denso, poblado de estatuas detenidas en un gesto, retablos policromados y carcomidos, cuadros ennegrecidos por el humo de las velas y la linaza, en los que, debido a la edad y la estatura, tenía más cerca el infierno y el purgatorio que los gloriosos cielos diáfanos a diestra y siniestra del Padre.

-          Recuerda lo que dice papá, cuando tengas miedo mira cara a cara aquello que te asusta, verás que no hay nada y todo pasará.

Traspasé la segunda puerta, que se cerró tras de mí empujada por el contrapeso mecánico. Todo se hallaba en la más rigurosa oscuridad, sólo allá al final de la nave, sobre el altar, junto al sagrario amarillento de pan de oro, una débil lámpara acompañaba la presencia inasible de Dios, convertido en pan por obra de la transustanciación. Un universo velado por el misterio de un muerto ensangrentado, torturado y revivido junto todos sus contemporáneos y seguidores, congelados a escala 1:1, como en un museo de historia natural en horario de cierre al público.

-          Ten valor, pensé sin convencimiento.

Era abril, la semana antes de la grande de los oficios, el monumento y los pasos populares. Ya se aprestaban los hermanos cofrades a limpiar varas de plata, las cajas de largos velones se acumulaban en los armarios y las camareras se disponían a arreglar cabelleras de pelo natural sobre las tallas de Jesús atado a la columna o vestidos y encajes sobre la dolorosa atravesada por el dolor en forma de daga, adornada por piedras brillantes, que atravesaba su pecho.

Había que encender la primera luz, una fea barra fluorescente sobre el camarín de la virgen. Así en mi mano uno de los travesaños que formaban la verja de madera del camarín, mientras con la otra volteé la vieja llave de porcelana. Un segundo de oscuridad y un parpadeo de luz que duró un milisegundo, otra vez la oscuridad y de nuevo el parpadeo hasta que prendió definitivamente la lámpara. Para ese momento ya estaba petrificado. Durante aquellos terribles segundos un rostro demacrado, con los ojos vueltos hacia el cielo y la cabeza desnuda se mostraron a no más de quince centímetros de mí, helándome la sangre.

Cuando Eloísa y el cura lograron levantarme del suelo, me explicaron que esa misma tarde habían bajado de su altar la figura de la Virgen de los Dolores, para la preparación de su paso pascual. Esa vieja talla dieciochesca, desmesurada y elemental que me hizo odiar, para los restos, cualquier belleza posible del arte sacro español o mundial.